Wednesday, November 16, 2016



Elena Simón

Casi todos los días oímos hablar de la educación como medio para aprender muchos conocimientos, valores y habilidades que no estaban contemplados en tiempos anteriores, de donde venimos la mayor parte de personas adultas que pensamos y actuamos como agentes educativos: planificando, impartiendo docencia, controlando o proponiendo currículo, editando materiales, supervisando, diseñando y llevando a cabo actividades escolares y extraescolares, en todos los niveles de responsabilidad y en varios ámbitos de actuación: familias, instituciones escolares y académicas, administraciones educativas, editoriales, webs, blogs, medios de comunicación, redes sociales, pequeñas comunidades de intereses, asociaciones, instituciones religiosas, clubes deportivos, empresas de formación y entretenimiento.
Casi todos los días hay algún punto conflictivo en la sociedad que nos invita a pensar que algo tendrá que ver la educación con modas, actitudes y hechos que se extienden como el aceite y que no nos agradan, que nos parecen mal, que repudiamos con la boca pequeña. Como por ejemplo: el acoso escolar, los malos tratos y abusos, el consumo excesivo e indiscriminado, la alimentación insana, las conductas de riesgo gratuito, el uso y manejo irresponsable de aparatos electrónicos y de vehículos, la falta de empatía, de responsabilidad y compromiso social, el comportamiento incívico y, cómo no, el abuso y la violencia de género. Todo lo enumerado anteriormente decimos que causa alarma social cuando falla y que solo con educación se puede neutralizar hasta hacer desaparecer.
Y casi ningún día oímos hablar de que se han transformado los currícula de manera que todo esto forme parte de la educación formal por la que pasa el 100% de la población en edad escolar.
La sociedad en la que vivimos tiene una característica que la relaciona con la hipocresía más recalcitrante: acepta y divulga una serie de discursos avanzados socialmente (cuidado del medio ambiente, libertades públicas, respeto a las diferencias como positivas, pacifismo, derechos humanos, hábitos saludables, democracia, igualdad entre los seres humanos y más concretamente entre mujeres y hombres…) y, sin embargo, muestra y divulga, de forma complaciente y reiterativa, prácticas reaccionarias: la ganancia y el éxito rápido, por encima de todo y a cualquier precio, el arrasamiento de la naturaleza, la relegación y marginación de poblaciones enteras, la práctica des igualitaria como normalizada, las críticas y acoso a las personas que son o quieren ser de otro modo al hegemónico, la presión de minorías o individuos para conseguir privilegios como si fueran derechos, la guerra de sexos como divertida, las prácticas adictivas a sustancias nocivas de todo tipo, la alimentación basura, el seguidismo casi tribal ante cualquier ocurrencia o moda, etc.…
Llamamos era de la comunicación a la era de la incomunicación, al haberse vuelto tan cruzada e impersonal, que da lugar continuamente a malentendidos de todo tipo y a conflictos casi irresolubles. Llamamos libertad sexual a prácticas casi obligatorias de iniciación heterosexual a edades tempranas. Llamamos relación consentida a la que se produce tras insistencias, intentonas y forcejeos violentos, ensalzamos la maternidad como algo original, liviano y deseable por encima de todo y no reorganizamos las sociedades para que la crianza esté en el centro de las políticas públicas. Damos por supuesto que todo ser humano de esta parte del mundo ha de ser consumista de algo caro y ha de estar adscrito a cualquier red social, grupo de interés, afición compartida, etc.…
Vamos creando espacios de fama y dinero para los que no se requiere preparación sino muchas horas de ensimismamiento delante de una pantalla.
Con todas estas contradicciones crece nuestra gente joven: discurso narcisista por una parte, discurso de exigencia por otra, solidaridad humana, versus rivalidad y acoso, prejuicios y estereotipos desbordados y repetidos hasta la saciedad y deseos y espejismos de libre elección respecto a diversas opciones de vestimenta, hobbies, aficiones, gustos o necesidades, que se convierten en casi obligatorias para marcar pertenencia o tendencia.
Estas contradicciones son a su vez contraindicaciones para una buena educación y todas ellas se hallan atravesadas por sexismo. Mujeres y hombres, niñas y niños, se saben en distintos hemisferios de este planeta que es mitad rosa y mitad azul, con la particularidad de que la parte azul está por encima de la rosa y la rosa, por tanto, tiene que desarrollar estrategias de empoderamiento y de visibilidad que casi siempre perjudican a quienes la practican.
Nuestras chicas y chicos, niñas y niños, durante la edad escolar, no tienen aún elementos de juicio para dilucidar, aprender y elegir las opciones más convenientes para sus personas. Eso es lo que ha de proporcionar una buena educación, no solo el manejo de aparatos sofisticados, la adquisición de idiomas extranjeros, las competencias matemáticas, los conocimientos teóricos y enciclopédicos o la participación en deportes y competiciones con la finalidad principal de obtener victoria.
Quienes estamos cerca y somos responsables de la educación tenemos que comprometernos profesional y personalmente en abrirles los ojos y darles instrumentos de análisis y crítica para que puedan, de veras, elegir libremente y de forma adecuada respecto a todos los ámbitos: el académico, el profesional, el social, el lúdico, el relacional; y para que puedan desarrollar una subjetividad potente en vez de una identidad gregaria. Los conocimientos han de servir para elevar la categoría intelectual, social, física y moral de cada persona en formación.

Eso sería una buena educación, coeducación universal y acorde con nuestros tiempos y espacios.

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