Monday, December 08, 2014



Claudio Naranjo
Cuando uno escucha a este psiquiatra chileno de 75 años da la sensación de estar frente al Jean-Jacques Rousseau de nuestro tiempo.
Cuenta que estaba bastante dormido hasta que en los años 60 se fue a vivir a EE.UU., allí fue discípulo de Fritz Perls, uno de los grandes terapeutas del siglo XX y formó parte del equipo del Instituto Esalen en California. Allí tuvo grandes experiencias en el mundo terapéutico y en el mundo espiritual. Contactó con el sufismo y se convirtió en uno de los introductores de Eneagrama en occidente. También bebió del budismo tibetano y el zen.
Claudio Naranjo ha dedicado su vida a la investigación y a la docencia en Universidades como Harvard y Berkeley. Ha fundado el programa SAT, una integración de la terapia Gestalt, el Eneagrama y la Meditación para enriquecer la formación de profesores. En este momento está lanzando un aviso muy contundente: o cambiamos la educación o este mundo se va a pique.

-Dices que para cambiar el mundo hay que cambiar la educación
¿Cuál es la problemática de la educación y cuál es tu propuesta?

-La problemática en la educación no es de ninguna manera la que a los educadores les parece que es. Creen que los estudiantes ya no quieren lo que se les ofrece. A la gente se le quiere forzar a una educación irrelevante y se defiende con trastornos de la atención, con desmotivación. Yo pienso que la educación no está al servicio de la evolución humana sino de la producción o más bien de la socialización. Esta educación sirve para domesticar a la gente de generación en generación para que sigan siendo unos corderitos manipulables por los medios de comunicación. Esto es socialmente un gran daño. Se quiere usar la educación como una manera de meter en la cabeza de la gente una manera de ver las cosas que le conviene al sistema, a la burocracia. Nuestra mayor necesidad es la de una educación para evolucionar, para que la gente sea lo que podría ser.

La crisis de la educación no es una crisis más entre las muchas crisis que tenemos, sino que la educación está en el centro del problema. El mundo está en una crisis profunda porque no tenemos una educación para la conciencia. Tenemos una educación que en cierto modo le está robando a la gente su conciencia, su tiempo y su vida.
El modelo de desarrollo económico de hoy ha eclipsado el desarrollo de la persona.

-¿Cómo sería una educación para que seamos seres completos?
-La educación enseña a la gente a pasar exámenes, no a pensar por si misma. En un examen no se mide la comprensión, se mide la capacidad de repetir. ¡Es ridículo, se pierde una cantidad tan grande de energía! En lugar de una educación para la información, se necesitaría una educación que se ocupe del aspecto emocional y una educación de la mente profunda. A mi me parece que estamos presos entre una alternativa idiota, que es la educación laica y una educación autoritaria que es la educación religiosa tradicional. Está bien separar Estado e Iglesia pero, por ejemplo en España, han echado por la borda el espíritu como si religión y espíritu fueran la misma cosa. Necesitamos que la educación atienda también a la mente profunda.

-¿Cuándo hablas de espiritualidad y de mente profunda a qué te refieres exactamente?
-Tiene que ver con la conciencia misma. Tiene que ver con aquella parte de la mente de la que depende el sentido de la vida. Se está educando a la gente sin ese sentido. Tampoco es la educación de valores porque la educación de valores es demasiado retórica e intelectual. Los valores deberían ser cultivados a través de un proceso de transformación de la persona y esta transformación está muy lejos de la educación actual.

La educación también tiene que incluir un aspecto terapéutico. Desarrollarse como persona no se puede separar del crecimiento emocional. Los jóvenes están muy dañados afectiva y emocionalmente por el hecho de que el mercado laboral se traga a los padres y ya no tienen disponibilidad para los hijos. Hay mucha carencia amorosa y muchos desequilibrios en los niños. No puede aprender intelectualmente una persona que está dañada emocionalmente.

Lo terapéutico tiene mucho que ver con devolverle a la persona la libertad, la espontaneidad y la capacidad de conocer sus propios deseos. El mundo civilizado es un mundo domesticado y la enseñanza y la crianza son instrumentos de esa domesticación. Tenemos una civilización enferma, los artistas se dieron cuenta hace mucho tiempo y ahora cada vez más los pensadores.

-A la educación parece solo interesarle desarrollar la parte racional de la gente ¿Qué otras cosas podrían desarrollarse?
-Yo pongo énfasis en que somos seres con tres cerebros: tenemos cabeza (cerebro intelectual), corazón (cerebro emocional) y tripas (cerebro visceral o instintivo). La civilización está íntimamente ligada por la toma de poder por el cerebro racional. Con el momento en que los hombres predominaron en el dominio político, unos 6000 años atrás, se instaura esto que llamamos civilización. Y no es solamente el dominio masculino ni el dominio de la razón sino también de la razón instrumental y práctica, que se asocia con la tecnología; es este predominio de la razón instrumental sobre el afecto y sobre la sabiduría instintiva lo que nos tiene tan empobrecidos. La plenitud la puede vivir sólo una persona que tiene sus tres cerebros en orden y coordinados. Desde mi punto de vista necesitamos una educación para seres tri-cerebrados. Una educación que se podría llamar holística o integral. Si vamos a educar a toda la persona, hemos de tener en cuenta que la persona no es solo razón.

Al sistema le conviene que uno no esté tanto en contacto consigo mismo ni que piense por sí mismo. Por mucho que se levante la bandera de la democracia, se le tiene mucho miedo a que la gente tenga voz y tenga conciencia.
La clase política no está dispuesta a apostar por la educación
.

-La educación nos sumerge en un mar de conceptos que nos separan de la realidad y nos aprisiona en nuestra propia mente ¿Cómo se puede salir de esa prisión?

-Es una gran pregunta y es una pregunta necesaria en el mundo educacional. La idea de que lo conceptual sea una prisión requiere una cierta experiencia de que la vida es más que eso. Para uno que ya tiene el interés en salir de la prisión de lo intelectual, es muy importante la disciplina de detener la mente, la disciplina del silencio, como se practica en todas las tradiciones espirituales: cristianismo, budismo, yoga, chamanismo… Parar los diálogos internos en todas las tradiciones de desarrollo humano ha sido visto como algo muy importante. La persona necesita alimentarse de otra cosa que conceptos. La educación quiere encerrar a la persona en un lugar donde se la somete a una educación conceptual forzada, como si no hubiera otra cosa en la vida. Es muy importante, por ejemplo, la belleza. La capacidad de reverencia, de asombro, de veneración, de devoción. No tiene que ver necesariamente con una religión o con un sistema de creencias. Es una parte importante de la vida interior que se está perdiendo de la misma manera en que se están perdiendo los espacios bellos de la superficie de la Tierra, a medida que se construye y se urbaniza.

-Precisamente quería preguntarte tu opinión sobre la crisis ecológica que vivimos.
-Es una crisis muy evidente, es la amenaza más tangible de todas. Se puede prever fácilmente que con el calentamiento de la Tierra, con el envenenamiento de los océanos y otros desastres que están pasando, no vamos a poder sobrevivir tantas personas como las que somos ahora.

Estamos viviendo gracias al petróleo y consumimos más recursos de los que la tierra produce. Es una cuenta atrás. Cuando se nos acabe el combustible será un desastre para el mundo tecnológico que tenemos.

La gente a la que llamamos más primitiva como los indígenas tiene una forma de tratar a la naturaleza que no viene del sentido utilitario. En la ecología como en la economía y otras cosas, hemos querido prescindir de la conciencia y funcionar sólo con argumentos racionales y eso nos está llevando al desastre. La crisis ecológica sólo puede pararse con un cambio de corazón, verdadera transformación, que sólo la puede dar un proceso educativo. Por eso no tengo mucha fe ni en las terapias ni en las religiones. Solo una educación holística podría prevenir el deterioro de la mente y del planeta.

-¿Podríamos decir que has encontrado un equilibrio en tu vida a esas alturas?
Yo diría que cada vez más, aunque no he terminado el viaje. Soy una persona que tiene mucha satisfacción, la satisfacción de estar ayudando al mundo en el que estoy. Vivo feliz, si se puede ser feliz en esa situación trágica en la que estamos todos.

-Desde tu experiencia, tu trayectoria y tu madurez, ¿cómo procesas el hecho de la muerte?
En todas las tradiciones espirituales se aconseja vivir con la muerte al lado. Hay que hacerse a esa evidencia de que somos mortales y creo que el que toma la muerte en serio no será tan vano. No tienes tanto miedo a cosas pequeñas cuando hay una cosa grande de la cual preocuparte más. Yo creo que la muerte sólo puede superarla uno que en cierto modo muere antes de morir. Uno tiene que morir a la parte mortal, a la parte intrascendente. Los que tienen suficiente tiempo y vocación y que llegan suficientemente lejos en este viaje interior se encuentran tarde o temprano con su verdadero ser. Y ese ser interior o ese ser lo que uno es, es algo que no tiene tiempo y que le da a una persona una cierta paz o un sentido de invulnerabilidad. Estamos muy absortos en nuestra vida cotidiana, en nuestros pensamientos de alegría, tristeza, etc… No estamos en nosotros, no estamos atentos a quien somos. Para eso necesitamos estar muy en sintonía a nuestra experiencia del momento. Esta es la condición humana, estamos viviendo hacia el pasado y el futuro, el aspecto horizontal de nuestra vida. Pero poco atentos a la dimensión vertical de nuestra vida, el aspecto más alto y más profundo, eso es el espíritu y es nuestro ser y la llave para acceder es el aquí y ahora.

A veces vamos en busca del ser y a veces nos confundimos en la búsqueda de otras cosas menos importantes como la gloria.



Si usted es un adulto y tiene pareja y aun no sabe que su partenaire no podrá ser cambiado por usted haga lo que haga, usted aun no ha llegado al grado de maduración que se espera de un adulto.

 Pues todos nosotros hemos sido educados en la convicción de que las personas podemos moldear, influir, modificar, dirigir, educar e intervenir en el desarrollo del carácter de los demás, cosa que es cierta en ciertas condiciones y con ciertos limites de los que hablaré más abajo..

Este post precisamente va a abordar esta cuestión a propósito de un libro de Judith Harris titulado “El mito de la educación” y que es uno de esos libros heréticos que cuestionan gran parte de nuestras convicciones domésticas a la luz de las neurociencias y que de alguna manera denuncia el divorcio entre el poder político, educativo y social en confrontación con los hechos, las evidencias científicas que van en la dirección contraria a lo que forma parte de las creencias compartidas por amplios grupos de población.

En realidad existen tres creencias míticas que han parasitado a gran parte de nuestra población actual, se trata de las siguientes:

·         La tabla rasa“, es decir la convicción de que al nacer todos somos iguales.

·         El buen salvaje” o la convicción heredada de Rousseau de que el individuo es bueno al nacer pero es la sociedad quien lo pervierte.

·         “El fantasma en la máquina”, o sea la idea de que existe un plan racional diseñado por una entidad superior que gobierna nuestras vidas y que induce un soplo al mecanismo biológico impulsor de la vida. Se llame como se llame (últimamente ha tomado el nombre de diseño inteligente y también creacionismo) .Esta idea al igual que las anteriores es falsa.

El lector podrá entender que las izquierdas hayan abrazado las dos primeras convicciones mientras que la derecha ha mantenido y mantiene la tercera. Ambas pues izquierdas y derechas, cada cual por sus razones son enemigas de la verdad.

De la verdad que sabemos hoy y que sin embargo no ha logrado aun penetrar las mentes de nuestros contemporáneos incluyendo a los ilustrados. Voy a exponer a continuación las líneas maestras del libro de Judith Harris, citado extensamente por Steven Pinker en “La tabla rasa” de la que hablé recientemente y también en ¿Cómo funciona nuestra mente?

Comenzaré por nombrar las tres leyes biológicas -genéticas- que gobiernan los rasgos conductuales y que fue expuesta por Turkheimer en el año 2000 en un articulo de culto y muy provocador titulado “Tres leyes de la genética de la conducta y su significado“. Sin duda uno de los hallazgos fundamentales de la psicología científica a la que por cierto siguen sin asumir gran parte de los psicólogos y no digamos ya los políticos, los jueces y el público en general. Son estas:

1.- Todos los rasgos conductuales humanos son hereditarios
2.-El efecto de criarse en una misma familia es menor que el de los genes.
3.- Una porción sustancial de la variación de los rasgos conductuales humanos no se explica ni por los efectos de los genes ni por las familias.
Los valores de heredabilidad de un rasgo conductual se sitúa aproximadamente en torno al 0.25-0,75, siendo la media el 0,5, lo que a efectos prácticos significa que la mitad de la variación de la inteligencia y de los rasgos de personalidad son hereditarios.
Si la mitad de la variación es genética es evidente que la otra mitad será atribuible al medio ambiente.
Lo lógico es que cuando hablamos de medio ambiente pensamos enseguida en la familia y en los entornos de crianza, pero “medio ambiente” es algo que va mucho más allá de eso, un niño puede haber tenido una enfermedad, un accidente o cualquier otra calamidad en su infancia que también debe ser contabilizada como “medio ambiente”, es por eso que los genetistas hablan de medio ambiente compartido (aquel que comparten todos los hermanos o miembros de una familia) y el medio ambiente exclusivo que difiere para cada caso particular (un hermano tuvo la meningitis y el otro no).
El asunto sorprendente es que el medio compartido solo representa el 10% o menos de toda la varianza, lo que significa que en términos estadísticos es irrelevante, y señala en la dirección de que el medio ambiente exclusivo es más importante que el medio compartido, es decir que las experiencias con amigos o iguales tiene más importancia e influyen más en nuestra personalidad que la crianza que compartimos con nuestros hermanos.

Naturalmente la publicación de este libro -políticamente incorrecto- desató una cascada de críticas tanto de la izquierda como de la derecha. Unos se sintieron atacados en su convicción de que los humanos somos en realidad buenos (El buen salvaje) como en la convicción de que somos iguales y que es la educación universal la que puede atemperar las diferencias individuales, ideales ambos de la modernidad. Los otros se sintieron insultados en la idea de que los padres son los garantes de la moralidad y del destino de sus hijos y de paso en su idea de que las atenciones de los padres durante la infancia de sus hijos es fundamental a la hora de hacer de ellos “hombres o mujeres de provecho”.

Lo cierto -en mi opinión- es que el papel de los padres- a la luz de los datos presentados por Harris es más que dudosa si apelamos solo a eso que hemos llamado al entorno compartido. Aunque hay que recordar que esos estudios se hicieron con población normal y que no son superponibles a lo que sucede con la patología psiquiátrica, aunque no son de esperar grandes diferencias en cuanto a ella.

No puede dudarse de que las poblaciones psiquiátricas -en cualquier caso se hallarían en un extremo de la varianza y que los malos tratos en la infancia, las negligencias parentales, los abandonos o las perdidas tienen alguna relevancia entre la patología psiquiátrica que presentan los pacientes reales, pero es cierto que esta varianza no puede explicar las diferencias entre hermanos criados en un mismo entorno compartido.

Mi opinión es que los padres tienen alguna relevancia en el futuro de sus hijos: la principal de ellas es la protección que hacen de sus vástagos en tanto son los que pueden decidir en qué grupo social van a desarrollarse o socializarse estos. Debe ser por esta razón por la que los defensores de la educación publica llevan a sus hijos a la educación privada igual como hacen los conservadores o ricachones. Lo cierto es que es de sentido común la idea de que las compañías o el vecindario o barrio en el que se socialicen nuestros hijos -sobre todo si pasan mucho tiempo solos o en la calle- van a determinar su futuro mucho más de si estamos divorciados, las madres trabajan y no tienen demasiado tiempo para atenderlos o si la pareja parental es homosexual. Cosa que no agrada nada  a la derecha.

Si usted alguna vez se sintió culpable por las diferencias de sus hijos ya lo sabe, la mayor parte de las diferencias entre hermanos son genéticas, pero no solo genéticas, sino que el medio exclusivo se lleva la otra mitad de la culpa.

Dicho de otra manera: por las malas compañías.
Esas que sirvieron de soporte a nuestra identificación, las que nos enseñaron a fumar, pusieron en nuestras manos el primer vaso de alcohol, los que nos enseñaron a rivalizar, a dominar o a someternos, a hacer el payaso o el chivo expiatorio y nos engancharon en una pugna continua por socializarnos, allí donde hubiera un nicho libre en nuestro grupo de origen. Esos son los culpables de que su hijo tal sea tan distinto a su hijo cual, pero también esos que nos integraron -quizá marginados- en un grupo, los que nos defendieron de nuestros atacantes o depredadores, los que nos presentaron a aquella chica, los que…
Una cuestión de suerte.
Y esta es precisamente la tercera ley de la genética conductual, la que habla de que la mayor parte de los rasgos conductuales no puede explicarse ni por la genética ni por el medio exclusivo. ¿Qué puede haber más?

El azar.
Eso que en mitología llamamos destino y que no debe confundirse ni con el libre albedrio ni con la predestinación.
El azar y el destino -en palabras del propio Pinker-  son absolutamente compatibles con la biología.
Hay cosas que suceden porque si.
¿Podremos asumirlo?

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