Sunday, October 12, 2014



4.- Los padres siguen creyendo que la educación hay que descargársela a los colegios.

Hoy en día, debido a la cultura individualista en que vivimos, nadie quiere esforzarse demasiado. Después de todo, para tener éxito en Chile, es más rentable aparentar esforzarse, que esforzarse de verdad. Entonces, si es posible que otro se haga cargo de la tarea de uno, tanto mejor. Antiguamente, la crianza de los hijos se tomaba a pecho. Pasándose un tanto a veces, porque no creo que nadie con un par de neuronas funcionales en la cabeza, en el siglo XXI, defienda los correazos como método de enseñanza. Pero la gente al menos aprendía a comportarse. En cambio hoy en día, en medio de la carrera de ratas en donde sólo vales según lo que tienes, la gente se mata trabajando, y lava su conciencia culpable comprándole un gran regalo de Navidad a los chicos a fin de años, para hacerse amar. Pero castigar a un niño implica que el niño lo dejará de amar. Y es aquí en donde entra el colegio. Que la disciplina se la enseñen los profesores. Que en el colegio sea en donde los chicos aprendan convivencia y respeto. El padre no se asume como ejemplo, y de esta manera espera ser prepotente y atropellador, y aún así, cuando el chico sale igual por imitación, el colegio es el que tiene la culpa. Los niños tienen derechos y esos derechos deben ser respetados, eso es muy cierto, pero también tienen deberes; y los padres son los primeros que deben inculcárselos. Y más que con las palabras, con el ejemplo.

5.- Los padres creen que están pagando porque al chico le pongan buena nota.

Una de las consecuencias más nefastas de la mercantilización de la educación, es la idea de que lo que se paga es la buena nota. El argumento es más o menos como sigue: Estoy pagando porque mi chico salga de Cuarto Medio, o alternativamente, Estoy pagando porque mi chico tenga un título técnico o profesional, y por lo tanto, si no lo aprueban en todos sus ramos a la primera, entonces el establecimiento educacional es un estafador que debería devolver el dinero. Frente a eso, debemos entender una diferencia jurídica fundamental. Existen las obligaciones de medios, y las obligaciones de resultados. Una obligación de resultado es la que compele a dicho resultado; una obligación de medios sólo compromete a proporcionar los medios para alcanzar el resultado. Si usted va al médico, usted no paga porque el médico lo cure sí o sí; lo que usted paga, es que el médico utilice todo su conocimiento y recursos para hacer lo razonable para salvarle la vida. Puede parecer que no hay mucha diferencia, pero la hay, ya que a veces, salvar la vida de un paciente es imposible por una u otra razón: la enfermedad es incurable, el tratamiento es experimental, hay complicaciones que ningún médico podía razonablemente prever... Es decir, la obligación del médico es de medios, aplicar la praxis profesional, y no de resultados, es decir, la salud completa e íntegra del paciente. Con el establecimiento educacional pasa lo mismo: proporcionar educación es una obligación de medios. Si el alumno es tonto, flojo, o sus padres no lo ayudan en la casa dentro de la medida en que cabe ayudarlo, entonces el colegio no es responsable, por mucho que le paguen. A este respecto, parafraseando el viejo adagio de cierta universidad española, podríamos decir que lo que el alumno non face, Salamanca non reemplaza.




6.- La libertad de enseñanza ha degenerado en anarquía de selección por exámenes y aranceles.

Uno de los puntales del moderno sistema educativo es la noción de libertad de enseñanza. Esta se basa en dos libertades: la de los padres para elegir el proyecto educacional de sus hijos, y la de los establecimientos educacionales para impartir un proyecto educacional propio. Lo que está bien, a lo menos en principio. Pero con limitaciones. Siempre el exceso de libertad lleva a la anarquía, y la anarquía lleva a la ley del más fuerte. Y en el caso chileno lo que existe es justamente anarquía. El más fuerte en este caso es el proyecto educativo. Todos aspiran a que el chico vaya al mejor establecimiento educacional, y este juego de oferta y demanda le entrega poder de mercado a los establecimientos con mejor reputación, los cuales por lo tanto pueden darse el lujo de segregar. Los medios de segregación son básicamente dos: por un lado, el cobro completamente discrecional de aranceles, que llevados al alza permite que se inscriban sólo los alumnos más elitistas, y por el otro los exámenes de admisión a través de los cuales entran al proyecto educativo sólo quienes aprueban. Por lo tanto, los mejores colegios eligen a alumnos de alto nivel que tienen un poderoso respaldo económico de sus familias, en forma de viajes particulares, acceso a Internet, etcétera, y eligen también a los alumnos de mejor rendimiento académico, reforzando así al colegio y manteniéndolo en una posición privilegiada dentro del mercado de los colegios. Luego vienen los establecimientos buenos sin ser excelentes, a los cuales llegan los alumnos buenos sin ser excelentes (porque los excelentes fueron al mejor establecimiento), y así sigue para abajo el chorreo, con los establecimientos mediocres a donde van los alumnos mediocres, y finalmente los establecimientos sin ningún nivel, a donde van los alumnos sin ningún nivel. Es decir, el sistema de libertad absoluta de enseñanza potencia una estratificación de alumnos en donde los que tienen un buen punto de partida (por aranceles y por exámenes) lo tienen todo para despegar en compañía de otros iguales, los que tienen un punto de partida mediocre lo tendrán más difícil, y los que tienen un pésimo punto de partida no llegarán a ninguna parte. Adivine usted quiénes van a los establecimientos públicos, que son gratuitos. Además, si la gente de un mismo nivel socioeconómico envía a los alumnos a los mismos colegios, entonces las redes sociales que se generen, adoptarán la misma forma de estratificada, en donde cada uno se relaciona sólo con sus pares, aislándose en una burbuja personal que le impida ver las otras realidades de otros miembros de la sociedad como un todo. Permitir un sistema de aranceles y de exámenes no tiene por qué ser algo negativo por sí mismo, ya que eso asegura la creación de proyectos educativos diferentes y potencia la variedad de pensamiento en la sociedad, pero con límites: la libertad absoluta de enseñanza termina por destruir la movilidad social, un rasgo que es deseable en cualquier sociedad que aspire a mantener un nivel interno de competitividad, que al final del día es la clave para el éxito económico.

7.- No hay la más mínima intención de controlar los contenidos de la televisión.

No importa lo que los colegios enseñen como contenidos. No importa lo que la familia intente transmitir en cuanto valores. Al final del día, la principal influencia en los chicos sigue siendo la televisión. Con la competencia de Internet, por supuesto, pero la televisión sigue teniendo un lugar predominante. Y lo que se puede ver en televisión no son artistas creando bellezas, científicos investigando el mundo (salvo, excepción notable,
Cosmos en su versión 2.014), viajeros mostrando el mundo, etcétera. Lo que más se ve es farándula, o sea, futbolistas y modelos siliconizadas. Muchos de ellos ganan por partido o por evento, una remuneración igual o superior al salario mensual de un profesor. Los niños no son tontos: si ven que pateando una pelota o mostrándose en bikini (o sin él) en televisión ganan más dinero que siendo profesionales, no van a poner ningún esfuerzo en estudiar. Irónicamente, al tomar la decisión de privilegiar la pelota o las siliconas en vez del estudio, esos chicos están tomando una decisión de libre mercado. La defensa clásica en esta materia es que los canales de televisión deben autofinanciarse, y al último eso es lo que la gente quiere ver. De acuerdo con eso, pero esto nos lleva a un problema similar al que veíamos en el punto anterior: el exceso de libertad lleva a la anarquía. Y lo que tenemos hoy en día en materia de contenidos televisivos no es libertad, sino anarquía. Si queremos formar buenos estudiantes, los canales de televisión deben también colaborar y hacerse responsables, y emitir contenidos con un nivel educacional mínimo. Por supuesto que la audiencia bajará y los niños puede que se vuelquen a otros contenidos, o incluso quizás vuelvan a salir a jugar al patio y hacer un poco de ejercicio al aire libre, lo que no tiene por qué ser negativo. Y poniendo un poco de optimismo, ¿por qué al menos una parte de la audiencia infantil no iba a interesarse por la Historia, la Biología o la Astronomía, por ejemplo, si es que tienen por delante un programa televisivo bien hecho? Niños interesados en temas científicos son futuros profesionales motivados y brillantes, creando así el capital humano necesario para que una sociedad prospere y crezca, después de todo. En definitiva, una programación televisiva con mayor contenido educacional, a la vuelta de un par de décadas, puede hacer mucho más por la cacareada inversión y desarrollo que asignar fondos para proyectos de investigación actuales.

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