Tuesday, August 26, 2014



¿De qué hablamos cuando hablamos de educación?
Por: Sebastian Massa Slimming -
En el fondo, la "militarización de la educación" evidencia la lucha por el poder, dejando de lado los objetivos que la educación tenía de antaño: enseñar a ser personas y enseñar a ser ciudadanos de una comunidad política. En consecuencia, propongo volver a la misma pregunta que dejé planteada en un principio, pero ahora con una clara extensión de futuro: ¿cómo entenderemos la educación?
http://www.elquintopoder.cl/educacion/de-que-hablamos-cuando-hablamos-de-educacion/

En un momento en que se discute abiertamente sobre la reforma educacional, también se hace necesario preguntarse -simultáneamente- sobre el modo o la forma en cómo es entendida la educación, ya que es uno de los pilares fundamentales para corregir la desigualdad social de un país.

Tal vez usted recuerde el mentado video de Pink Floyd ("The Wall") o la película "La sociedad de los poetas muertos" del director Peter Weir. Ambos resumirían el carácter que ha asumido el actual sistema educativo chileno, que en pocas palabras podría ser llamado la "militarización de la educación", que entiende a los alumnos como producción en serie o cadena de montaje (cual fordismo del siglo XX), con un tiempo establecido de aprendizaje, de esencia profundamente anti-democrática y con un marcado giro asimétrico, donde hay una clara distinción entre los roles jerárquicos.

Existe una tendencia inacabada de nuestro sistema educativo por homogeneizar absolutamente todo, impidiendo el surgimiento de la diversidad y la aceptación de la pluralidad de visiones, perspectivas, miradas, enfoques y opiniones. Ejemplos de ello sobran cuando recordamos la estandarización de las evaluaciones (Simce o PSU), la rigidez de las conductas, el currículo, la estructura de las clases y, por último, las técnicas pedagógicas de enseñanza.

Respecto a estas últimas, hemos estado asistiendo a un proceso que no obedece simplemente a un problema de los profesores propiamente tales, sino que también al enfoque y/o mirada que se tiene de la educación en sí misma. Una educación que se concibe como "educare" (del latín: dar forma a algo) y que tiene su más fiel reflejo en el banal uso del "uniforme" (etimológicamente: sin-forma).

De este modo, no es necesario haber leído a Michel Foucault, John Dewey o Louis Althusser, para enterarse que el sistema educativo chileno busca normalizar las conductas a fin de configurar, constreñir, coartar y construir a un individuo funcional a las expectativas laborales (lo que podría denominarse "homo economicus"). Frente a esto, la educación desde la más temprana edad se transforma en la resonancia del mercado que instala dispositivos discursivos legitimadores de competencia (el ejercicio incesante de compararse). Una expresión -en términos simples- es el uso de una escala de evaluación para categorizar, clasificar y situar dentro de esquemas de segregación (1 "no sabe" y 7 "sabe"), provocando muchas veces frustración, renuencia, depresión, rabia, etc.

Es curioso, pero hoy en día estamos viendo cómo los alumnos (aplíquese al sistema de enseñanza de educación primaria, secundaria y terciaria) están construyendo su identidad en base a un sentido negativo. Siempre está el contrapunto entre el (la) "tonto"/"anormal" v/s el (la) "inteligente"/"superior". O cuando el niño(a) realiza el ejercicio de comparación frente a su otros compañeros, justificando en cierta medida su calificación ("a todos en el curso les fue mal"). Ese ejemplo no hay que verlo como normal, porque es el eco de cómo ha devenido la educación en un proyecto que justifica las relaciones económicas y, por lo tanto, el mercado educacional.

Algo que aún no se entiende es que la educación no es sinónimo de "control social", entendido como un mecanismo que ignora los tiempos y la multiplicidad de metodologías de enseñanza. Es decir, no todos aprenden por igual y no todos entienden de manera similar (ni qué decir de aquellos que para efectos del sistema, son diagnosticados para usar metilfenidato, más conocido como Ritalín). Los tiempos de la educación son completamente diferentes a las realidades cognitivas y subjetivas de cada alumno(a).

En el fondo, la "militarización de la educación" evidencia la lucha por el poder, dejando de lado los objetivos que la educación tenía de antaño: enseñar a ser personas y enseñar a ser ciudadanos de una comunidad política. En consecuencia, propongo volver a la misma pregunta que dejé planteada en un principio, pero ahora con una clara extensión de futuro: ¿cómo entenderemos la educación?

 
El poder de la élite en los cambios que Chile impulsa


Por: Jaime Vieyra-Poseck
Cuando los hijos de La Legua reciban una educación pública como la que obtienen en la privada, Chile podrá clasificarse como país desarrollado. Lo contrario es, obvio, subdesarrollo.
http://www.elquintopoder.cl/educacion/el-poder-de-la-elite-en-los-cambios-que-chile-impulsa/

En la todopoderosa élite ultra conservadora (el 1,11% que se lleva el 57,7% del ingreso total del país), se encendieron todas las luces rojas contra las reformas estructurales que votó el 63% del electorado al elegir a Michelle Bachelet. El poder de facto que posee pasó la línea roja en su intento de moderar la ya moderada reforma tributaria, con una campaña del terror que anuncia el apocalipsis de la economía, vía encuestas "à la carte" y una cascada de desinformación que favorece sus intereses.

El pánico que sufren es porque pagarían más impuestos los que más ganan. En Chile, que posee uno de los sistemas tributarios más inequitativos del mundo, es todo lo contrario: el 50% con menos recursos paga el 16% de sus ingresos totales, mientras el 10% más rico sólo paga el 11,8%. Este sistema tributario regresivo dota al Estado el 18,7% del PIB. La reforma agrega el 3%. Si sumamos, se llega a un paupérrimo 21,7% (el promedio en la OCDE es de 34%).

La presión de esta élite fue de tal envergadura que el gobierno cedió, consensuando la reforma tributaria con los partidos que defienden los intereses de esta élite. ¿Se logrará reunir ese 3% del PIB (8 mil millones USD) que financie la reforma educacional? La duda queda instalada.

Y ahora van a por la reforma educacional.

El slogan de la derecha es "la libertad y derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos". Si existe ese supuesto "derecho libertario", significa que hay varios tipos de educación en Chile: una buena (privada para los ricos), una regular (particular subvencionada con dinero público para la clase media) y una mala (pública para los pobres).

La única certeza es que en esta "libertad y derecho de elegir", queda consagrada la segregación en el sistema educacional vigente que reproduce y perpetúa el statu quo socioeconómico; y que la cacareada "libertad y derecho de elegir" está determinada por la capacidad económica de los padres: ¿alguien me puede responder si los padres de la desamparada población La Legua, por ejemplo, pueden elegir libremente la educación de sus hijos en una escuela privada de la acaudalada La Dehesa?

En una sociedad donde el 80% de la población recibe un sueldo promedio de entre 608-695 USD, este "derecho" es una falacia tan insoportable como inmoral. Los padres que "eligen" una educación privada es porque la pública es "la peor de la clase", hipotecándose con préstamos con intereses de vértigo.

La élite, compuesta por los grandes grupos financieros, los super empresarios, los dos partidos de derecha, las cúpulas de las iglesias, y los dueños del duopolio comunicacional, sufrió una debacle electoral en la última elección general. Sin embargo, esta hecatombe no le impide imponer y modificar la agenda política. En rigor, cogobernar.

Qué duda cabe que estos ilustrados despóticos -que se educan en las mejores escuelas y universidades privadas- harán lo indecible para producir el atasco reformador, que cambia lo creado por ellos bajo la total arbitrariedad de la dictadura. Esta omnipotente casta no es sólo dueña de los medios de comunicación y del aparato económico-financiero, es, además, propietaria de un endémico y perverso egoísmo.

¿Es esta avaricia depredadora la que impide realizar un examen racional que le permita ver que las reformas que aprobó el 63% de la ciudadanía no son de izquierda ni de derecha, sino unas reformas impostergables si queremos ser un país desarrollado? ¿Es esta codicia devastadora la que le impide comprender que estas reformas terminan con la segregación del 80% de los estudiantes que no tiene recursos para pagar una educación privada de calidad? ¿No entienden que están dando la puerta en las narices al país y, paradojalmente, a ellos mismos, ya que la reforma educacional mejorará masivamente los recursos humanos que requerirán en un mediano plazo si Chile pretende convivir (y competir) con los países desarrollados de igual a igual? ¿No puede entener estos ilustres autócratas que estas reformas entregan al sistema productivo chileno el valor agregado que en los países desarrollados aportan, masiva y macizamente, tanto los hijos de la élite como toda la ciudadanía, ya hace 50 años? ¿Y no perciben que estas reformas comienzan a institucionalizar la equidad, para disminuir la obscena desigualdad donde el 1,11% más rico percibe el 57,7% del ingreso total del país y el 98,8 recoge un vergonzoso 42,3%, y que, con datos como estos, la bomba de estallido social está lista para activarse si no se hacen, con urgencia, las reformas que la ciudadanía ratificó?

En Europa muchas monarquías, sin poder político sino sólo protocolario, eligen la escuela pública para sus hijos.

Nuestra tan ilustrada como absolutista élite ultra conservadora -una especie de esperpéntica monarquía chilensis anquilosada poco antes de 1789- podrá continuar con la "libertad de elegir" la educación privada elitista para sus vástagos, pero el 98,8% de la ciudadanía exige tener la libertad y el derecho de elegir la pública que, si este poder fáctico lo permite, deberá ser tan de calidad o mejor que la privada.

Cuando los hijos de La Legua reciban una educación pública como la que obtienen en la privada, Chile podrá clasificarse como país desarrollado. Lo contrario es, obvio, subdesarrollo.

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