Friday, February 26, 2010


¿Una escuela inaugurada por las tecnologías?

Siempre he desconfiado de las propuestas que llegan a determinado espacio social a inaugurarlo todo, como si nada hubiera habido antes de ellas, como si trajeran una luz incontenible, capaz de iluminar conciencias y de servir de guía.

Las tecnologías han interpelado con fuerza la educación presencial, con sus llamados a la variedad de textos y soportes, a la interactividad, a la comunicabilidad, al papel mediador del educador, a la búsqueda de comunidades de aprendizaje.

Pero cabe una pregunta para nuestra educación en América Latina:
¿acaso las tecnologías han venido a inaugurarnos los tiempos, como si nada hubiéramos hecho hasta ahora?
El espesor de la cultura pedagógica de América Latina no es nada despreciable, tanto por las propuestas innovadoras generadas en distintos países, como por lo atesorado por los propios educadores en su trabajo cotidiano.

Cultura pedagógica existente en los sistemas no formales y formales. Porque en nuestra variada realidad social no es posible pasar por encima de tanta experiencia, de tanto esfuerzo de promoción y acompañamiento del aprendizaje, realizado a menudo en condiciones precarias, en el marco de la retirada del estado de sus funciones fundamentales.

Hay un tesoro de experiencias y de saberes que guarda en cada país el sistema educativo. Porque si “nadie está totalmente equivocado”, es preciso reconocer el valor de lo desarrollado por generaciones de educadores. A menudo, cuando vienen las propuestas de cambios a través de reformas, se tiende a considerar que nada de lo hecho sirve, que una nueva teoría y una nueva manera de trabajar los conocimientos vienen a inaugurar los tiempos desde cero.

No llegamos de ninguna manera con las manos vacías a esta sociedad de la información y del conocimiento. No es bueno plantear el salto tecnológico por encima de nuestra cultura y de nuestros saberes, de lo acumulado por generaciones de educadores.

La cuestión acá es por demás crucial: ¿desde dónde se construyen conocimientos?
Fundamentalmente desde la propia cultura, desde el reconocimiento de lo que se ha sido y es.
Necesitamos construir conocimientos desde la cultura educativa, encarnada en la experiencia de instituciones y educadores.

Un modo casi perverso de llevar adelante el trabajo hace que año a año se pierdan esos tesoros, por seres que se jubilan, que van siendo dejados de lado como si lo que poseen no fuera de alguna manera patrimonio de todos. Necesitamos una vigorosa recuperación de esas experiencias, a través de memorias de procesos, de historias de vida, de impulso a la producción intelectual por parte de los mismos educadores.

El derecho al conocimiento es también el derecho a la producción de conocimientos, a la recuperación de conocimientos, a la comunicación de conocimientos.
Los sistemas educativos pueden, en este sentido, aprender muchísimo de sí mismos.
Lo que planteamos con toda fuerza es que no es posible construir conocimientos al margen de los conocimientos ya construidos y, sobre todo, al margen de nuestras culturas educativas.

Estamos ante un reto histórico sin precedentes: la necesidad de recuperar, registrar, sistematizar y comunicar nuestras culturas, nuestros saberes y experiencias en el campo de la educación, para seguir aprendiendo de ellos. Porque quien se queda con las manos vacías de la principal fuente de su ser y de sus conocimientos, no puede pretender avanzar gran cosa en tiempos tan complejos.
Necesitamos una escuela revalorada, reconocida en su función social, en su pasado, en sus experiencias, en su trayectoria.
Aún cuando aceptamos de buen grado la necesidad de transformarnos y de revisar nuestras prácticas, tenemos muchísimo que ofrecer desde lo que hemos venido siendo, haciendo y viviendo.


¿Una escuela globalizada?

Se nos exige día a día la ruptura de nuestros espacios cercanos, la apertura a las redes, al mundo, a lo que nos viene desde distintos contextos. Estamos de acuerdo con ese camino, la pregunta es por dónde transitar.

¿Será que el concepto globalización es el adecuado para plantearlo como reto a la escuela?
¿Y si hubiera otro más preciso para resguardar nuestra tarea de educadores?

Esto nos sitúa de lleno en una necesaria diferencia de términos: no es lo mismo globalización que universalismo.

Escuchamos hace un tiempo atrás en Costa Rica una rica exposición de Carlos Roberto Carretón (“Como afecta el proceso de globalización al goce de los derechos humanos”, presentación al II Encuentro Internacional de la Radio por una Cultura de Paz, San José de Costa Rica):

“En el universalismo de los derechos humanos los actores son los pueblos, los Estados y los organismos de que se ha dotado la comunidad internacional. Los primeros demandan derechos, reclaman por sus violaciones, se organizan para defenderse, tanto en el ámbito local, nacional como internacional. (…)

La globalización, por el contrario, ha sido desarrollada básicamente por el mundo de los negocios. Carece de reglas, salvo las que el mercado impone. Los pueblos no juegan rol alguno, salvo el de consumir y satisfacer los apetitos de las grandes empresas y, particularmente, las del sector financiero. (…)

De allí el carácter profundamente antidemocrático del neoliberalismo globalizado.
Con el universalismo ganan las personas y los pueblos.”

¿A qué nos referimos con este otro concepto? Al sostenimiento de viejas y queridas banderas que no dejarán de ondear nunca en la educación: las banderas de los valores, de la tolerancia, del respeto mutuo, la bandera del respeto al derecho ajeno como condición de la paz, la bandera de la capacidad de escandalizarse ante los escándalos sociales, la bandera de la construcción de comunidad y de convivencia.

Queremos una escuela hoy y en el futuro sostenida por el universalismo y no por los llamados a la globalización. Una escuela en la cual todos puedan ejercer los derechos humanos elementales, en la que se construye respeto, convivencia, tolerancia, pluralismo.




¿Una escuela desinstitucionalizada?

En el año 2000 UNICEF realizó una encuesta latinoamericana válida para reunir información sobre percepciones y opiniones de cien millones de niños, entre 8 y 14 años.
Una primera comprobación. De esa cifra un 30% vive en familias donde está ausente o el padre o la madre, la inmensa mayoría se ubica en el primer caso.
¿Ha dejado de existir la familia por tal motivo? Sin duda no, vivimos profundos cambios en la manera de entenderla, pero la presencia de esa institución sigue siendo universal.

Y la encuesta arrojó datos preciosos del valor que los niños atribuyen a la escuela. Se quejan en muchos casos de ser poco escuchados, de aburrirse, pero reconocen con toda fuerza el papel de la escuela para sus vidas, incluso por carencia, cuando no pueden acceder a ella.

Queremos formular esta pregunta:

¿Cuántas transformaciones pueden sostener una escuela?
¿Hasta dónde estirar el concepto con tanto cambio que se propone?
¿No llegará un momento en el que, de tanto abrirnos y abrirnos en todas direcciones terminemos por no tener escuela?




¿Cuál es la función hoy y en el futuro de la escuela?

Hemos dado todo tipo de interpretaciones a esa función: desde leer y escribir, apropiarse de la ciencia, volverse un pequeño empresario, manejarse en el mundo de la información y de las tecnologías. Pero se nos queda, en estas enumeraciones, la función más preciosa:

- la escuela constituye un centro, un espacio, donde van seres humanos a aprender y a socializarse, a convivir, a interactuar, a estar con los demás. Me refiero tanto a maestros como estudiantes, y me refiero también a la presencia de los padres, de la comunidad en esos espacios.

Corresponde, para hoy y para el futuro, defender la escuela como institución en todo el sentido del término, como algo esencial a toda sociedad, en tanto ámbito de construcción de seres humanos a través del aprendizaje, la convivencia y la interacción.

En tiempos como los presentes, la escuela constituye un centro cívico fundamental. Los llamados a la desinstitucionalización, tipo Vargas Llosa, forman parte de esta avanzada sobre las instituciones sociales, de esta destrucción generalizada de los espacios públicos, de este camino de abstracción de los seres humanos para dejarlos a merced de la oferta y la demanda, como si también la escuela fuera un mercado sin rostros y sin la intensidad de los encuentros humanos.



La escuela que encarnamos y queremos

Reitero con toda fuerza el rechazo a las actitudes tecnófobas; con más fuerza aún la descalificación apresurada de preciosos hallazgos de la creatividad humana en apoyo al aprendizaje. No podemos dejar de lado instrumentos que se proyectan como herramientas maravillosas para la aventura del conocimiento y del aprendizaje.

Pero nuestro ser, nuestra cultura educativa, con sus problemas y virtudes, con sus miserias y grandezas, no ha nacido ayer.

Me permito, desde mis más de 40 años de educador, desde mi caminar por estas tierras, desde tanta experiencia riquísima que me ha sido dado conocer, decir algunas palabras de la escuela de hoy y del futuro. No dejo de reconocer que hablaré marcado por la experiencia de mi país, pero uno habla siempre desde sus vivencias más cercanas:

Aspiramos a una escuela de calidad humana de todos los seres que la integran;
Una escuela digna, no humillada por descalificaciones y por penurias.

Aspiramos a una escuela a la cual se le reconozcan su historia, su pasado, su cultura; que nada crece de campos arrasados y muchas veces pretenden arrasarnos lo que somos, para decirnos después cómo deberemos ser.

Aspiramos a una escuela autocrítica, capaz de mirarse a sí misma y de reconocer sus riquezas y pobrezas, sus aciertos y errores.

Aspiramos a una escuela con las condiciones suficientes como para funcionar como un centro cívico, como un espacio público garantizado, cuidado y respetado por todos los sectores de la sociedad.

Aspiramos a una escuela en la que no vengan a estallar a diario los dramas sociales de la sociedad. Por tanto, aspiramos a una sociedad digna que permita una escuela digna.

Aspiramos a una escuela abierta al mundo y a la vida, con todos los instrumentos sociales, tecnológicos y pedagógicos, pero abierta desde una sólida construcción como institución, desde un reconocimiento de su papel fundamental en la sociedad, en toda sociedad.

Aspiramos, en fin, a una escuela en la que podamos construirnos y ser felices, como educadores y como estudiantes.

Un encuentro como éste, en el que nos hemos escuchado, en el que hemos aprendido unos de otros, es muestra de los caminos que podemos abrir y caminar para construir la escuela que soñamos y nos merecemos los educadores y los estudiantes.

Autor: Daniel Prieto Castillo d_prietoc@yahoo.com
Especialista en comunicación social. Facultad de Filosofía y Letras – Universidad Nacional de Cuyo – Mendoza, Argentina
Fuente:
http://www.monografías.com/

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