Friday, February 26, 2010


Escuela y futuro

Hablar de la escuela y el futuro en un momento como el presente significa un desafío a la imaginación y casi un acto de valentía. La primera pregunta no es por la escuela, sino por el futuro. Habría que invertir los términos y plantear para el artículo el título de esta manera: Futuro y escuela.

Eso haremos para ordenar nuestro discurso. La pregunta por el futuro es mucho más amplia que la pregunta por la escuela. Si nos aclaramos un tanto la primera parte de la expresión, tal vez podremos detenernos luego en nuestros establecimientos educacionales.

Toda la historia del ser humano ha sido el intento de proyectar futuro, de empujar el futuro hacia delante, de prever la existencia personal, familiar, grupal, de una organización, de un país incluso, para poder anticipar lo más posible lo que será de nosotros.

Doy algunos ejemplos para aclarar esto:

-cuando la guerra del Golfo; Centroamérica tenía petróleo para tres días, en tanto que Estados Unidos contaba con reservas declaradas para tres meses.
Para el año próximo se anticipa la posibilidad de la muerte de diez a quince millones de personas en Etiopía, porque las lluvias no llegaron y los suelos ya no resisten la acción del ser humano.
El promedio de vida de un niño de la calle es de 10 a 15 años, más allá no hay nada y en todo caso si se sigue en la existencia, es casi como en calidad de sobreviviente.

Una de las sensaciones más terribles para cualquiera de nosotros es cuando el futuro se nos viene encima, cuando no podemos empujarlo más allá de unos pocos meses e incluso días. Lo tenemos literalmente pegado a nuestra existencia y no podemos proyectarlo. Pienso en quienes están peleando por la comida de mañana, con una enfermedad que llega cuando la miseria hace imposible toda defensa.

Proyectar futuro significa, en el plano familiar, poder criar dignamente a los hijos, poder asegurarles estudios por diez o quince años, poder asegurarse a uno mismo el retiro cuando llega la vejez.

Lo decimos también de esta manera: ¿de cuánto futuro dispones? Insisto en que la pregunta vale para una situación personal o familiar y para un país entero. En el mío, hemos pasado en pocos años de un 20% de pobreza a un 53%, el futuro se ha estrechado para la mitad de la población y continúa estrechándose.

Y vale esto para las instituciones. Podemos preguntarnos, para anticipar algunas reflexiones, ¿de cuánto futuro dispone la escuela? Más aún, ¿de cuánto futuro dispone esta escuela? ¿Cuánto pueden proyectar hacia delante sus educadores, sus estudiantes?



Entre el porvenir y el devenir

Hay dos miradas sobre la palabra futuro que marcan con fuerza el sentido que le reconocemos: porvenir y devenir.
La primera acentúa la pasividad: algo viene desde quién sabe dónde. Si el mañana llega a nosotros es que de alguna manera ya está prefijado. Por eso, el extremo de esta mirada se sintetiza en la palabra destino, que etimológicamente alude a atar, sujetar, fijar. Estamos ante una forma de pasividad ante el futuro.
La expresión devenir se liga más a la raíz griega de la palabra futuro: yo nazco, yo crezco. El devenir es el proceso por el cual alguien o algo llegan a ser. Se acentúa aquí la iniciativa ante el futuro. No hay destino, no hay lugar para los juegos de los astrólogos, no hay nada prefijado, sólo nos toca como individuos, como grupos, como organizaciones, como países, construir el futuro.

Estamos de acuerdo con esta última perspectiva. No tiene ningún sentido aceptar, para algo tan precioso como nuestras vidas, el inexorable camino que quién sabe qué dioses nos habrían fijado.

Pero, ¿y si de todas maneras nos fueran impuestos futuros?
¿Y si a pesar de etimologías, de rechazos a viejas tradiciones de corte magicista, de reacciones ante propuestas que pretenden negarnos la capacidad de llegar a ser, estuviéramos insertos en una trama en la cual se va decidiendo nuestro futuro?

La población no eligió, en el caso de mi país, un incremento de la pobreza de más del 30% en un período de doce años. Los niños de la calle, los niños de la violencia, los niños del abandono, los niños de la exclusión, no optaron por sus condiciones cotidianas de existencia.
El sistema de salud de mi país no tomó la decisión de autodestruirse, de avanzar a un estrechamiento terrible de las posibilidades de atención de los sectores mayoritarios de la población, a un desmantelamiento de los hospitales públicos, a una privatización que beneficia sólo a unos pocos.

¿En qué lugar se sitúa la escuela en nuestros países?
¿En el lado de la libertad de elección y de crecimiento?
¿O bien en la situación de variable dependiente, sujeta a los vientos de la política y de los modelos económicos?
¿En el futuro como devenir o en un futuro atado, fijado por otros actores sociales, por grupos de poder, por otras naciones?

Futuro y utopía

Otro modo de abordar la relación con el futuro es a través del concepto de utopía. Las puertas de las escuelas han sido golpeadas una y otra vez por propuestas utópicas.
Retomemos la vieja tradición de la mirada utópica hacia el futuro. Sabemos que el término utopía fue inventado por Tomás Moro en el siglo XVI para aludir a algo que no está “en ningún lugar”. Pues bien, desde ese “ningún lugar” hay quienes buscan decirle a la sociedad, a las instituciones, cómo deberían ser, hacia dónde ir.

No hay utopía sin una “topía”. No hay posibilidad de proyectarse hacia ese lugar ninguno, por el hecho de que todavía está en el futuro, sin tener en claro, sin vivir, sin percibir el presente. Las grandes propuestas utópicas-científicas de la historia de Occidente han sido formuladas por seres que tenían un profundo conocimiento de la realidad en la que estaban viviendo. Uno de ellos, por supuesto, Platón, pero también Tomás Moro en su finísima lectura de la Inglaterra de su época, o el de don Simón Rodríguez, el ilustre maestro de Bolívar. Cada uno conocía bastante a fondo qué estaba ocurriendo en su tiempo.

Toda utopía parte de un estado de cosas que se busca abandonar, o de un estado de cosas que se busca recuperar. Esto es muy importante. Una propuesta a futuro puede arrastrar muchos elementos del pasado e incluso puede ser un intento de volver al mismo.

La utopía se entreteje a partir de un deterioro de las condiciones actuales de vida, y ese deterioro suele levantar la nostalgia por un pasado mejor. Entonces el proyecto utópico se carga de pasado y se orienta hacia una propuesta que en realidad lo único que trata es recuperar lo que se ha perdido.
Pensemos en esta misma línea en la larguísima tradición del Paraíso Perdido, y en la búsqueda del mismo no sólo en una vida del más allá, sino también en la tierra.
Por eso las búsquedas utópicas pueden ser hacia el mañana, pero también hacia una recuperación del pasado.

Es imposible vivir sin algún aliento utópico. La cuestión es preguntarse desde dónde viene ese aliento. En el caso de la escuela los llamados han llegado, en estos últimos años, desde las tecnologías, desde los modelos empresariales y desde lo que se da en llamar la sociedad de la información y del conocimiento.

Hemos hablado muchos en estos días de las tecnologías. Ante ejemplos tan sólidos y deslumbrantes como el que vimos esta mañana, no podemos sumarnos a la estrecha visión de los tecnófobos.
El llamado del modelo empresarial pide una escuela-empresa, capaz de formar gente emprendedora, con buen juego de cintura para competir en el mercado.

El llamado desde la sociedad de la información y del conocimiento apunta a confrontarnos con el ideal de personas, organizaciones y comunidades dispuestas siempre a aprender y a utilizar creativamente lo aprendido.
¿Son inexorables esos modelos para la escuela de hoy y del futuro?
¿Constituyen ellos el futuro hacia el cual tendremos que ir?

No podemos vivir sin utopías. Puede afirmarse con razón que difícilmente ellas se concretan en la realidad de todos los días.
Si cada vez que caminamos hacia la utopía, ella se va alejando, porque está siempre en algún no lugar, ¿cuál es su función social? Ése, dice Eduardo Galeano: la utopía sirve para caminar. Pero todo caminante debe tomar conciencia de hacia dónde lo dirigen sus pasos. Si está caminando con sus propias piernas o lo están caminando.



Un futuro sin seres humanos

Volvamos a ese futuro que nos van decidiendo otros. Traigamos a esta reunión la figura de uno de los grandes humanistas del siglo XX, Jean Paúl Sartre, un hombre que no cejó nunca en su capacidad de escándalo y en su resistencia a los totalitarismos ideológicos, de cualquier signo que fueran. En la década del 50 el filósofo se topó con un anuncio en las paredes de la capital de uno de los países del Este. Decía así:

LA TUBERCULOSIS DISMINUYE LA PRODUCCIÓN

¿Dónde están, se preguntaba Sartre, en ese juego los seres humanos?

Traemos ahora una figura de este siglo XXI, Hort Köeler, doctorado en Economía y Ciencia Política, director del Fondo Monetario Internacional. El señor Köeler no es un humanista. Acaba de declarar, un viernes de septiembre, lo siguiente:

“Una breve guerra en Irak tendría efectos positivos sobre la economía mundial.”
A lo que agregó:
“El contexto de tensión actual hace que los inversores titubeen.”

¿Dónde están, nos preguntamos, los seres humanos en este juego de halcones empecinados en predicar la guerra?

En fin, traigamos, para hablar del futuro, una breve instrucción para subir un elefante a un barco. La historia es así:
En África cazan un gran elefante cuyo destino es un zoológico europeo. Cuando los captores llegan al barco descubren que el puente es sólo para pasajeros humanos y no para el volumen de semejante ser. Comienzan, entonces, a llamar a distintos profesionales para buscar una solución. Pasan, en vano, matemáticos, psicólogos, sociólogos, arquitectos…, nadie acierta. Hasta que por último, algo desesperados, apelan a un economista, digamos un economista de determinada escuela, para no generalizar.
El hombre da una mirada y pregunta: ¿cuánto hace que están con este problema? Como tres semanas. Pero, ¿cómo puede ser para algo tan elemental? Los otros piden la ansiada solución. “Muy sencillo, dice el economista, se hace abstracción del elefante y se lo sube al barco.”

Muy sencillo, se hace abstracción de 37 millones, de 1000 millones de seres humanos y se los sube al modelo económico.

Vivimos hoy más que nunca el riesgo de un futuro pensado a través de la abstracción de los seres humanos. De qué futuro hablamos para la escuela, ¿del de la abstracción de los seres humanos que la integran?

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