Saturday, January 24, 2009

¿Nueva forma de educar, instruir o formar...?

¿Educar, instruir o formar?

Conscientes de la componente cultural de las relaciones sociales en lo político y en lo económico, aquellas personas atentas a la transformación de nuestro mundo, aun desde el progresismo, nos preguntamos acerca de la educación como medio transformador. Se abre entonces ante nosotros un camino incierto y tal vez fecundo.
El desafío de todos aquellos que pensemos en la función social de la educación y que tengamos intención de transformar esta sociedad se caracteriza por su complejidad y por la necesidad de mirarnos en espejos crudos que nos muestren qué cambiar en nosotros mismos y en nuestra actividad.

Es evidente que no somos los únicos en reflexionar en torno a la educación como instrumento político. Ningún plan de gobierno ha desatendido jamás este aspecto central del domino social. Ya sea desde la llamada "educación formal" o desde cualquier otra forma de educación, llámese medios de comunicación, formación laboral o empresarial, o cualquier forma de propaganda, la formación de los habitantes ha sido siempre un instrumento que los sistemas políticos han sabido usar apropiándose de los mecanismos necesarios para controlarlos de la forma más eficaz y hegemónica posible.

En este sentido parece fácil distinguir entre el enfoque reproductivo o el transformador de la educación. Ya se nos vuelve raro hablar de instrucción cuando hablamos de educación, y se ha vuelto más corriente la idea de formación para quitar del medio esa incómoda idea de sometimiento que se liga a la idea de instruir.
Pareciera ser suficiente el constructivismo en reemplazo del conductismo, discusión ya un tanto avejentada, para que la educación deje de ser reproductora del orden social existente y pase a ser el órgano transformador por excelencia. Pero cabe la pregunta: ¿Hasta dónde puede la educación como instrumento social generar una genuina transformación? ¿Bastará modificar esquemas pedagógicos o habrá que ir un poco más allá?


Educar

En la idea misma de educación, aun en las más progresistas y hasta en las que presumen radicalismo, se carga implícitamente con la noción de conducción, incorporada en la idea y en la misma palabra. Ni hablar de los hechos. Sea "conducir hacia fuera" o "conducir desde fuera" la educación implica siempre una extracción.
En tanto existe el educador y el educando, la extracción es conducida por la parte activa de la fórmula. Suele sugerirse que el actor es el educando, que es el alumno, ya despojado de su condición de hambriento, de su incultura, quien saca de sí mismo su alimento, su cultivo, su cultura. Y entonces educar es un ente autónomo, la botella sacando su vino, un recipiente autogestionario que toma de sí su saber y lo ofrece a la sociedad.
Entiendo esta idea más fundada en la culpita que da someter y en la necesidad de justificar el sometimiento que persiste, que en la de una formación genuina, un auténtico desde adentro, aunque sea individual. Ese "conducir hacia fuera" no explica la existencia del educador, que en todo caso debería ser motivador, catalizador, o lo que sea menos conductor de algo que se conduce solo.

Entiendo mejor la idea del paciente dócil que es conducido hacia la cultura por un conductor que extrae de él los elementos de su naturaleza que le harán asumir el pacto social, el producto de su cultivo, y se lo deja como capital para su futuro desempeño. Esta sería la idea más exagerada del "conducir desde fuera".

Desde la experiencia cívica de la educación, pudimos y podemos comprobar que existen los matices, que nadie educa pensando en la raíz latina de la palabra sino en el contexto social en el que está, en el salario que recibe, y, muy habitualmente, en la siesta postergada por asuntos de la planificación y de la corrección de exámenes. Pero el mecanismo que se aplica en la educación formal no es en lo fundamental sino el mecanismo de la conducción. Y en la educación no formal ese mecanismo es aún más evidente.
Los medios de comunicación conducen la opinión, la reflexión (cuando la hay, raramente) y la reacción de los educandos de una manera ya tan notoria que avasalla. En la estructura tradicional del seno familiar, ámbito materno regido por el padre, aparece también el mismo mecanismo.
Padre y madre imponen condiciones, a veces más conscientemente, a veces menos, que son inculcadas a los hijos en la crianza, "con la leche templada y en cada canción" parafraseando a Joan Manuel Serrat. Y esta crianza no se acaba con la infancia, donde los límites de la conducción aparecen más borrosos y difíciles de determinar, sino que se extiende tanto como se extienda la influencia formativa de los padres sobre los hijos.
En cada ámbito en el que la educación aparece, aparece la conducción y con ella la reproducción de las condiciones culturales de los educadores en los educandos. Esta reproducción es inevitable en tanto la formación esté en manos de la educación.

El educador es quien prepara la tierra, pone la semilla, riega y supervisa los brotes hasta completar el cultivo del inculto, del alumno, con miras a la reproducción de la cultura. El educando es el campo en que se siembra, el terreno de cultivo. Si se plantan manzanas, crecerán manzanas, y, aunque siempre existe el error, no dejará de serlo. El hombre culto es aquél que ha sido trabajado, que ha sido cultivado, y que ha rendido frutos. En la efectividad del sistema radica la pureza del jugo que habremos de beber.

De nuevo en los matices, es sabido que hay prácticas docentes que se esfuerzan por salir de esta situación, que buscan en la educación el ámbito transformador que ofrezca al individuo un contacto con la cultura presente sin que esto le quite el juicio crítico y sin pretender interponerse en la formación de la nueva cultura que se desprenda de su papel activo. Pero entiendo que la estructura educativa es mucho más amplia que el campo de acción de un educador y que la utilización misma de la palabra educación expresa la mecánica social educativa, es decir, la conducción del tránsito formativo del individuo dirigiéndolo hacia el horizonte de los intereses creados en la sociedad presente, aun cuando esos intereses sean, en el caso puntual de un docente, contrarios a los que rijan hegemónicamente la coyuntura política.

"Cada maestrillo tiene su librillo" es una frase trillada en el ámbito docente, trillada como se trilla la tierra, trillada para sembrar. ¿Quién puede esquivar, aún con la mejor cintura, los condicionantes de la escuela, de la ley, de los ministerios, de las supervisiones y, como un juego de espejos enfrentados, de la formación docente? ¿Cuánto vive un maestro y cuánto vive una escuela? ¿Y cuánto la escolaridad? Se nos enseña que se enseña lo que se quiere enseñar, para que creamos que enseñamos lo que queremos. El campo de acción de, en el mejor de los casos, un enseñante institucionalizado, es decir, de un docente sin voluntad de conducir, está restringido drásticamente porque el poder quiere educar, y para eso su gendarme, el sistema educativo, opera ley en mano para evitar rebeldes.

La herencia positivista e iluminista de nuestro pensamiento progresista nos confunde. Estamos acostumbrados a creer que la razón nos libera y que es posible emancipar con la verdad. Se nos ha pasado de vista que no hay razón ni verdad, sino modos, voluntades, vivencias e interpretaciones. Formas. No es la razón quien nos libera, sino el modo en que la usemos. No hay verdad que pueda iluminarnos con la incontestabilidad de los hechos. Si fueran los hechos tan absolutos y tan manifiestos a nuestro entendimiento, si existiera la objetividad, no existiría la historia, no sería necesaria. Sin embargo, aunque no existe la verdad, sí existe la mentira, que no es otra cosa que la presunción fraudulenta de la verdad. Y esta mentira es más efectiva en la medida en que la educación persiste, pues quien controla la educación controla la verdad. Y lo peor de este asunto, es que la educación es controlable.

La dependencia tecnológica de los medios de comunicación, y la dependencia económica de la tecnología, permiten que unos pocos concentren en sus manos la fuerza educativa de los medios de comunicación. El control político de las sociedades gobernadas hace posible que unos pocos controlen la institucionalidad y diseñen el currículo escolar. La concurrencia de intereses entre ambos es la tenaza educativa de los totalitarismos, sean despóticos o democráticos.
Pensar en un sistema educativo capaz de eliminar la conducción de su vientre, es pensar en un sistema educativo que no eduque, y a la vez pensar en un sistema de gobierno que no gobierne. Desde el momento mismo en que el alumno del profesorado recibe su titulación, puede estar seguro de que el sistema de acreditación es la partida de defunción de sus intenciones libertarias, si es que alguna vez las tuvo y no las ha perdido en tantos años de arados y de trillas.



Instruir

El racionalismo heredado del formalismo lógico de Aristóteles, fortalecido, sacralizado y teologizado por la escolástica medieval, se transformó en cimiento estructural de la cultura de occidente. En la razón hallamos una forma de certeza distinta a la fe religiosa que se caracteriza por acreditar con la argumentación lógica de los silogismos una verdad siempre tan ocasional y revocable que de verdad sólo tiene la arrogancia y el autoritarismo.

Si bien la utilidad política de este racionalismo es, creo yo, evidente y manifiesta a esta altura, es importante señalar que no tiene contrato de exclusividad con ninguna corriente política. Tanto los que intentaron e intentan sostener lo insostenible, aquellos que buscan las mil formas de legitimar el robo con la propiedad, la injusticia con el derecho, la esclavitud con el salario, la obediencia con la opción electoral, y los etcéteras que haya, como los que intentan e intentaron modificar esa situación y sancionar esas legitimaciones insalubres, han fundado y suelen fundar en la razón los argumentos que defienden, y en la irracionalidad los argumentos que combaten.
Esto no quita que buena parte de los tensores sociales y políticos de occidente sigan amparándose en la fe religiosa para perseguir los mismos fines. Y es que lo que se reclama, desde cualquier perspectiva de estas, es la posesión de la certeza. La determinación de la certeza es la presunción de verdad, y en ambos casos creo yo que se incurre en un error, que es perder de vista la vulnerabilidad del pensamiento humano, la flaqueza de su constitución, la dependencia que experimenta respecto a la convicción individual y colectiva en un momento dado, en una sociedad cualquiera, en un día de primavera o de otoño.

No es la razón el problema, como tampoco es la fe. El problema es la doctrina. Cuando una mecánica ofrece todas las respuestas, cuando una sola parte del pensamiento humano basta para resolver con absolutismos toda cuestión, el pensamiento se torna obediente a la ley que él mismo inventó. Y obedecer a las propias órdenes no deja de implicar obediencia. La idea de que la libertad consiste en obedecerse a sí mismo es equivalente a la idea de que si la cachiporra la tengo yo me dolerá menos cuando castigue mi cabeza. Es esta idea la que se reivindica en los asuntos de la ley y del derecho, de los parlamentos y las democracias, aun cuando también es mentira. Se dice que los parlamentarios representan a la población, y que por lo tanto la opinión de uno es la opinión del otro (primera mentira) y que siendo así, la ley expresa la voluntad de la población, de modo que obedecer a un Estado parlamentario equivale a vivir en libertad (doctrina de la cachiporra en mi mano).

Habiendo aclarado esto, vuelvo al racionalismo heredado. La presunción (o, en el mejor de los casos, la convicción) de verdad llevó a los educadores más honestos por el camino de la instrucción. Y digo "a los más honestos" porque a los otros los llevaron motivos diferentes. El punto es que la instrucción es un asunto técnico que se refiere a la incorporación de capacidades por parte de los alumnos a través de su contacto obediente con los instructores, presumiblemente ya instruidos. Sólo puede hablarse de instrucción cuando es posible la objetivación del saber, cuando las valoraciones sobre el comportamiento pueden ser categóricas e inobjetables, y cuando el método para el buen desempeño puede ser poseído incontestablemente por los individuos. La instrucción implica una capacitación objetiva, y es por eso que hablo de técnica.

Aristóteles creía en la técnica como una abstracción que permitiera saber el por qué de las cosas. De esta forma, el técnico superaba al práctico, que sólo sabía el cómo. Así era como el práctico veía sus capacidades reducidas a los casos particulares mientras que el técnico accedía a la generalidad. De esta forma, la técnica ofrece la capacidad de resolver cualquier problema en el ámbito de su competencia de manera certera y objetiva. El hecho de que la tecnología ofrezca un territorio dócil para la técnica hizo que la funcionalidad de la técnica se expandiese a todos los órdenes de la formación cultural en una sociedad tecnologizada.
La escuela contemporánea se desarrolla y se expande masivamente con el híper desarrollo de la industria en busca de una formación eficiente de los nuevos esclavos, es decir, de los trabajadores industriales asalariados que debían tener un conocimiento técnico más complejo que los trabajadores agrarios. La creciente complejidad de la sociedad en términos de producción y de productividad impuso en la escolarización una complejidad análoga. Al mismo tiempo, la moral, como técnica del comportamiento social, se volvió cada vez más necesaria y, por lo tanto, cada vez más útil.

La hipocresía democrática (o, en el terreno de los grises, la buena voluntad de algún demócrata honesto) llevó a que la instrucción cediera el terreno a la educación, entendida desde una óptica un tanto más liberal. Actualmente ya casi no se admite la instrucción como recurso formativo a causa de la imposición doctrinaria que implica.
La instrucción usurpa la voluntad de quien es instruido e impone el absolutismo de la técnica. Como dije anteriormente, la educación, desde el punto de vista de los educadores, presume de una liberalidad que no es real en tanto media la conducción de la experiencia formativa, y en ese sentido representa sólo un avance respecto de la instrucción, pero no alcanza a despojar la formación del yugo controlador de las imposiciones. Y esto se debe, creo yo, a que no está concebida sino para reproducir los factores culturales de una sociedad que garantice la funcionalidad del esquema social existente.
Las luchas sociales y la evolución de la cultura han ido generando nuevas situaciones que afectan a la vida social. Ya no es masivamente aceptable que un negro sea capturado en la sabana, atado de pies y manos y vendido en el mercado de esclavos para que trabaje para su dueño hasta el día de su muerte. Ya no es aceptable que el campesino proletario pague sus impuestos con su prole entregándolos como mercancía. Ahora es aceptable que un asalariado trabaje para su patrón sin necesidad de cazarlo en la sabana, sea negro, blanco o amarillo, aunque los patronos siguen prefiriendo a los negros y mestizos, quizás por tradición.
Es aceptable que trabaje durante toda su vida hasta el día de su jubilación, si la consigue, absteniéndose de trabajar para sí. Es aceptable que el destino social de una clase de personas sea trabajar, el de otra consumir y el de otra concentrar los bienes económicos de la sociedad en los baúles agigantados del mercado financiero.

La educación, semivestida con una bandera tricolor en el frente de batalla, desplaza a la instrucción como mecánica reproductiva, como instrumento de control y como gendarme de la esclavitud en tiempos de la esclavitud asalariada y de la servidumbre condescendiente y cómplice. Ambas expresan mecánicamente la lógica de control técnico-moral de una sociedad en momentos diferentes, sean lógicos o cronológicos. A pesar de los iluminismos y de las liberalidades, o a causa de ellos, ninguna servirá para la transformación social con miras a una sociedad libertaria.


Formar

Dar forma.
El desarrollo de una cultura puede estar en manos de sus propios creadores en tanto el proceso formativo de esa cultura no tenga que lidiar con liderazgos ni conducciones. El proceso de formación cultural es necesariamente social. Este aspecto de la formación hace que según se ordene la sociedad de una u otra manera, la formación será, correspondientemente, jerárquica o anárquica. Si la sacralización de los liderazgos hace de la democracia una jerarquía, la ruptura del orden cultural que establece el liderazgo abre la puerta a la horizontalidad de los vínculos sociales. El proceso formativo está en manos de quienes dan la forma a la nueva cultura. Si lo que se busca es que la formación no sea meramente un eufemismo para la reproducción social, debe estar en manos de las nuevas generaciones. El presente cultural ha de ser en tal sentido, un referente para el proceso formativo, y este proceso es, entonces, un diálogo dinámico. A partir de aquí, la sinonimia progresista entre educación y formación desaparece, siendo la educación un caso particular de formación caracterizado por los recursos de la conducción y el liderazgo.

El enseñante enseña, y mostrando ofrece su vivencia particular, su mundo de interpretaciones y sus convicciones, para que los formadores tengan a mano las herramientas que la sociedad ha ido construyendo a lo largo de la historia y puedan así servirse de ellas para construir lo que quieran construir. La transformación social no implica necesariamente la "revolución cultural" entendida como la destrucción completa y fulminante del antiguo régimen, sino la caducidad de la antigua lógica, y la conservación de los aspectos útiles de lo anterior. Pero esa utilidad es considerada por las nuevas generaciones al dialogar con la cultura existente, quienes conservarán lo que consideren útil y adecuado, y no por los delegados de la anterioridad buscando pervivencia a fuerza de usurpar voluntades y conciencias.

La formación entendida de esta manera puede ser llamada formación autogestionaria sin temer el uso de una idea tan manipulada como la autogestión. Si la gestión es el hacer, la autogestión es el hacer por cuenta propia. El prefijo "auto", proveniente del griego "autós", hereda semánticamente la idea de "sí mismo". Un automóvil se mueve por sí mismo como un auto gestor gestiona por sí mismo. En tal sentido, la autoridad es la capacidad de ser "sí mismo". Acostumbrados a delegar también esa capacidad, democráticamente asumimos la autoridad como la imposición aceptable de una identidad sobre otra, y recurrimos a la palabra autoritarismo para denunciar un exceso en tal atribución. Lo que perdemos de vista es que tal delegación es de suyo antilibertaria en tanto que priva al individuo o a la comunidad de la capacidad de decidir por cuenta propia todo cuanto haga a su existencia misma, a su capacidad de ser. Un proceso de formación no reproductivo implica la no delegación de autoridades, y es por eso que debe ser autogestionario.

Saliendo de la disyuntiva revolución versus evolución, el proceso dinámico de la transformación dialoga con un viceversa conflictivo en tanto requiere de una nueva cultura social para establecer nuevos vínculos sociales a la vez que necesita de nuevos vínculos sociales para crear una cultura nueva. Esta situación hace de la reflexión en torno a los procesos formativos tendientes a la transformación social, un territorio profundamente exigente y complejo que merece un cuestionamiento radical de lo presente en el orden colectivo y en el orden individual. No creo que sea posible escapar del más visceral y crudo cuestionamiento individual por parte de los que nos dediquemos, aunque sea por un rato, a tratar el tema. Tampoco creo posible tratarlo sin apuntar nuestro cuestionamiento a las raíces de la sociedad presente. En tal sentido es un camino potencialmente desintegrador, si bien el desafío es ubicar la integridad en un sitio diferente a la autoafirmación reaccionaria.

Pienso que los docentes y los educadores en general que tengan con honestidad este propósito habrán de enfrentarse a una incertidumbre por momentos amenazante y desalentadora. Es imprescindible, entonces, que recuperemos la idea de proceso que nuestra sociedad híper tecnológica nos ha robado y que demos tiempo a lo que necesita tiempo, y no perdamos de vista que la integridad no depende de la fortaleza o de la flexibilidad como absolutos dicotómicos, sino que requiere de una lúcida capacidad de relacionarse dinámicamente con la incertidumbre. Y es justamente la incertidumbre la que dará lugar a la transformación, en tanto deje abierta la posibilidad de que nuevos horizontes aparezcan.

Es preciso practicar activamente, realizar experiencias y generar espacios que puedan dar lugar a los nuevos vínculos sociales que sirvan como mediadores para la nueva cultura. Estos nuevos vínculos no serán tan nuevos, ya que los que estamos en juego aquí, en tanto enseñantes potenciales, fuimos formados más de lo que nos hemos formado, y llevamos en la piel y bajo ella las pautas culturales propias de una sociedad que no muestra intención alguna de abrir espacios para la transformación. Sin embargo estos nuevos vínculos sociales pueden ser muy nuevos, en tanto sean propuestos desde una reflexión radical y con claros propósitos libertarios.

Se trata de meter la cuña en la fisura de los muros que sostienen la estructura social. Para esto es también fundamentalmente necesario que nos aboquemos a nuestra formación como auto gestores, que abandonemos la delegación de las autoridades hoy depositadas en la acreditación escolar y en la formación académica. Lo que un enseñante puede ofrecer, que no es poco, es su propia vivencia, y a la hora de servir de referentes para las nuevas generaciones, es imprescindible que tengamos algo que ofrecer en cuanto a la formación autogestionaria.

Así como la formación cultural es siempre social, las respuestas activas a los asuntos sociales son siempre colectivas. No porque nieguen los procesos individuales ni desconsideren las situaciones vitales siempre únicas del individuo, sino porque la misma individualidad es asunto social. No podemos permitirnos evadir la confrontación creativa, el diálogo reflexivo y la interacción, situaciones propias de la labor colectiva, ni podemos permitirnos masificar la experiencia y evadir nuestro ser individual. De hecho tales permisos serían extremadamente perversos en tanto no habría más motivo para desearlos que la dependencia obsecuente respecto de las actuales hegemonías.

El desafío es enorme y tan intenso como la plenitud que alcanza la idea misma de la libertad. De la infinitud de alternativas que podamos imaginar y de su puesta en marcha como experiencia social, habrán de surgir las nuevas posibilidades, los nuevos intentos de transformar esta sociedad en una que sirva.

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